Historias de Canciones


 

 

sa. 28/03/2015

 

Cierta vez, hará unos ocho años, hice un concierto en un bar del Raval de Barcelona, y como era un bar de inspiración anarquista, decidí canta una canción que había hecho hacía poco tiempo y que titulé Creer en Dios. Habla acerca de las tres religiones, una especie del parodia de cómo el fanatismo puede hacernos actuar de manera absurda.

Nada más terminar la primera estrofa, tenía al camarero del bar y a uno de sus clientes -ambos marroquíes por lo que supe después- subidos en el escenario, insultándome y dispuestos a golpearme, pues había insultado a su profeta Mahoma y a su dios Alá, y que me preparara para morir.

Dejé la guitarra a un lado, con la intención de defenderme, y les dije que no tenía ningún inconveniente de pelear en la calle con los dos, con las manos o a cuchillo, y que ganara el más hábil y el más rápido. Pero -dije, delante de una atónita audiencia de jóvenes con rastas-, antes quiero deciros que si vosotros habéis venido a vivir a Europa, un continente que se está quitando de a poco la sotana de la religión que tantos sufrimientos ha provocado, porque ha justificando siempre la desigualdad, ya que toda religión está aliada al poder político y al dinero, no podía comprender cómo estaban dispuestos a defender algo que está basado en fábulas e historias de las vidas ejemplares de Mahoma, Jesucristo, o Moisés, que no tienen más realidad que las hazañas del Guerrero del Antifaz, o Batman.

Luego de aquello, la multitud de “rastas” me atacó diciendo que era un intolerante, y al final el par de musulmanes exaltados decidieron que no era necesario vengar a su profeta personalmente, y se diluyeron en la multitud, visto que todos estaban atacándome.

Este episodio, uno de los más interesantes de mi vida, me ha hecho reflexionar mucho acerca de los fanáticos cotidianos que conviven con nosotros. Aquellos que en nombre de ideas abstractas y de esperar el apocalipsis o el advenimiento del paraíso, empobrecen su propia vida y la de los que les rodean. Recientemente el mundo asiste a la sin razón de guerras justificadas por el fanatismo religioso, y me pregunto, ¿en qué aspecto la humanidad ha avanzado realmente? Parece que el ser humano sigue siendo como siempre, y se deja manipular por aquellos que apelan a los sentimientos más básicos como son la superstición, el racismo, la avaricia…y que se sustentan en la ignorancia y en el miedo.

Lamentablemente seguimos viviendo en un mundo donde muchas personas malviven en vida, esperando entrar en el paraíso después de la muerte, en vez de ayudar a construir un mundo que sea un paraíso en esta realidad, mientras estamos vivos.


 

do. 29 marzo 2015

Era febrero de 1989. Era la final del festival “El Pueblo le Canta a Violeta Parra” organizado por el PC chileno, el último año de la dictadura. Había quedado entre los diez finalistas con esta canción, cuyo título era “Tocopilla, Homenaje al Dolor”, y que después cambié por “Gaviotas del Desierto”. La había escrito después de regresar del norte de Chile donde había estudiado por un par de años en la escuela de minas de Copiapó, en Atacama.
El festival se organizaba en la población “La Pincoya”, en Santiago. Esa noche conocí a Osvaldo Rodríguez, me lo presentó Zigi Zambra, uno de los organizadores del festival. Yo estaba emocionado, él acababa de volver del exilio. Me saludó, con un apretón de manos, y luego centró su atención en la actuación de unos payasos que contaban chistes en el escenario y cantaban con unas guitarras de plástico de color rosa. Todos reían.
El escenario era custodiado por los jóvenes de las Juventudes Comunistas, en previsión que hubiese algún incidente.
Todo estaba muy bien organizado. Ahora que lo pienso con distancia, nos habíamos acostumbrado a hacer las cosas bien, a fin de derrotar a la dictadura.
Luego, esperando mi turno para cantar, dando una vuelta, vi que enfrente de una de las casas de detrás del escenario estaba Osvaldo Rodríguez tocando la guitarra sentado en el jardín, rodeado de plantas.
Me quedé escuchándole, luego comenzamos a hablar, y le pedí que tocara una canción, y luego otra. Se extrañaba que conociera esas canciones. Habían llegado clandestinamente a Chile, porque los fascistas intentaron borrar toda nuestra memoria cultural quemando los libros, los discos, prohibiendo las canciones, y destruyendo a la gente y a su memoria colectiva, matándolos, exiliándolos, y envileciéndolos.
En parte lograron su objetivo, en parte no. Algo pudo salvarse de todo ese naufragio.
Aquella noche de finales del verano, en ese jardín, conocí al Gitano Rodríguez, uno de los mas grandes creadores que ha dado Chile. Me pasó la guitarra para que tocara la canción con la que yo participaba en el festival, y después de cantarla se emocionó, me miró con los ojos húmedos y me dijo: “Se nota que hay una historia muy trágica detrás de esta canción, algún día me la tienes que contar, si quieres”. Nunca lo hice, nunca quise hablar de aquellas experiencias. Estaba cansado de tanta muerte sin sentido. Y de los que lloraban eternamente a los muertos con fines políticos. Los mártires, les llamaban. Por lo menos, sus muertes tenían un sentido. Pero cuando murió Osvaldo Rodríguez nunca pude encontrarle el sentido a esa mala broma de la vida. Todavía le echo de menos

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Lu. 30 marzo 2015

Escribí esta canción a partir de una leyenda sobre un barco fantasma que escuché en la Patagonia hace muchos años. Es la historia de uno de los barcos de Francis Drake, quien después de doblar el Estrecho de Magallanes, interceptó un galeón español cargado de oro, y lo capturó. Algunos dicen que es el famoso Cacafuego. No está muy claro aún. Sin embargo, Drake confió este barco a uno de sus lugartenientes para llevarlo a Inglaterra; pero al entrar en el Estrecho de Magallanes, el Cacafuego se encontró con varios galeones españoles que se lanzaron en su persecución, y no le quedó más remedio que internarse en el laberinto de islas que conforman la costa de la Patagonia chilena.

Nunca se supo nada acerca del galeón. Algunas leyendas indias dicen que hay una isla donde está escondido el oro del Cacafuego, y que fue abandonado allí por los corsarios de Drake para aligerar de peso el barco y poder huir más rápido; sin embargo, este hecho se relaciona con la presencia de un barco fantasma que muchos marinos de la región aseguran haber visto: El Caleuche. 


Oí contar muchas historias que los navegantes de este duro lugar del mundo habían escuchado de los indios. Estos cuentan que una extraña y gigantesca bola de fuego se tragó a este galeón y que desde entonces forma parte del mundo de los muertos, navegando sin rumbo por los canales de la Patagonia.


Esta canción es muy especial, y es el resultado de una aventura personal muy entrañable y que me llevó a tocar en el bar l’Astrolabi, y conocer al fundador de aquel reducto de libre pensadores en el barrio de Gràcia de Barcelona, el tremendo novelista Jordi Cantavella, gran conocedor del ron, navegante de mares imposibles, y amante de las historias de piratas.

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